Deshazte del espejo retrovisor de tu vida

 
¿Los malos recuerdos te persiguen? ¿Estás cautivo de tus experiencias pasadas? La autora Penélope Sweet ha dicho que «la depresión es alimentada por las heridas no curadas». Unas 1,8 millones de personas en nuestro país conocen bien esas heridas, según los últimos estudios epidemiológicos sobre la depresión y ansiedad. Aunque esta tristeza existencial tiene diversas raíces, quienes la padecen tiene algo en común: el síndrome del espejo retrovisor.
Que sea o no un síndrome aceptado por la comunidad psicoterapéutica es lo de menos. Allí donde comienzan los recuerdos (hacia los 2-3 años apróx.), allí comienza nuestro espejo retrovisor interno, un objeto que tiene la capacidad de reproducir, en bucle y con asombrosa nitidez, nuestras peores vivencias: desamores, fracasos laborales, engaños, promesas incumplidas, riñas paternales, etc. Nada escapa al espejo retrovisor.
A lo largo del día generamos entre 60 y 70.000 pensamientos, y podemos estar seguros de que sólo unos pocos miles mantienen relación con el presente. Que nuestras experiencias pasadas, sean positivas o negativas, influyan en nuestro día a día no debe alarmarnos. El problema viene cuando nos hacemos reactivos a nuestros propios recuerdos, y en lugar de evitar los errores del pasado, permitimos que estos errores nos dominen y nos encadenen, hasta hacernos cautivos de ese pasado. ¿Qué es la depresión sino una larga cadena de recuerdos negativos, cuyos eslabones se han convertido en nuestra segunda piel? Así podría definirse el síndrome espejo retrovisor.
Y ahora empieza lo bueno: romper estas cadenas es tan sencillo y tan complicado como mirar hacia adelante, y hacerlo con espíritu optimista, viendo siempre el vaso medio lleno. Para dominar este pequeño arte, debemos abandonar el miedo a sufrir: el miedo a que los reflejos de nuestro espejo retrovisor vuelvan a repertirse una vez más. Si «la clave del cambio es liberarse del temor», como afirmó la cantante Rosanne Cash, la liberación en nuestro caso pasa por romper un espejo.
Si estamos decididos a hacerlo pedazos, conviene agenciarse un martillo especial, forjado en el crisol de las esperanzas y los sueños, y golpear no con la fuerza de los músculos, sino con la fuerza del positivismo. Porque el precio que pagamos por vivir en el pasado es demasiado, demasiado alto. Trevor Kay lo expresó de la siguiente forma: el ser humano «tiene miedo de morir, pero ¿no recuerda haber sentido miedo de nacer?».
 
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Aprende a disfrutar de los misterios del mañana. Acepta que podrías volver a caer, sí, pero también podrías alcanzar ese empleo soñado, encontrar a tu media naranja, tener una aventura o descubrir la paz interior. Sean cuáles sean tus ambiciones, ninguna puede encontrarse al otro lado del espejo retrovisor. ¿Por qué no aceptar que el despertar de cada mañana es una segunda vida, rebosante de nuevas oportunidades?
Dicen que romper un espejo trae siete años de mala suerte. Renunciar a romper nuestro espejo retrovisor tiene un precio muchísimo más alto, pues significa renunciar a toda una vida de bienestar, optimismo y salud emocional. Porque el ayer ya se perdió en las arenas del tiempo. Y hoy comienza una nueva vida, con nuevas oportunidades y una promesa de felicidad, que espera ser atrapada. ¿La dejarás escapar por echar otro vistazo a tu espejo retrovisor... o aprenderás a mirar hacia delante?